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JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE
Microcuentos, cuentos cortos, microrrelatos inciertos, del escritor electrónico chileno JAIME FARIÑA MORALES.
Aurelio conformó una hermosa familia con su encantadora y devota esposa Ámbar que le dio dos hijas primorosas. Era un hogar de amor y sana convivencia, un pequeño clan reputado. Era un vendedor locuaz de los disímiles productos de su librería. Era un empleador próspero porque también corría el día entero, sin pausas. Era un ejemplo. Ahí conoció a Chiara, una colombiana de 20 años que no dejaba de sonreír, con un cuerpo fenomenal. Él, a pesar de sus cuarenta años quedó embobado como un quinceañero y se desdibujó. Fue asombroso. Concluida una breve y concupiscente conversación la invitó a una casa vacía y amoblada de su propiedad. Ella aceptó, después de unos corcoveos concisos y cínicos. El amorío fogoso era semanal y sagrado. Él le regalaba dinero en efectivo y nada más, para no ser descubierto. Nunca fue tacaño. Se transformó en otro ser, disimulando con maestría. Al año después de iniciado el romance prohibido ella insistía que quería algo más serio. No estaba dispuesta a ser una querida por siempre. Era joven y escultural y esta era una oportunidad de formalizar que no desestimaría. Ella merecía una libreta de matrimonio del registro civil chileno. A veces lo amenazaba, se irritaba, se ponía histérica. El enamorado y discretísimo Aurelio le señalaba que abandonar a su esposa, hijos y prestigio era sencillamente imposible. Eso no va a ocurrir, le indicaba. Se lo reiteró cada vez que fue necesario, con el vigor que la situación ameritaba. Su numerosa parentela católica no se lo perdonaría. Las discusiones iban en aumento, con más intensidad y exasperación. Un día, concluida su entrega de pasión pornográfica acostumbrada, Chiara tuvo la surrealista e insólita idea, producto de la frustración acumulada, de llamar por celular a Ámbar, aprovechando que el galán dormía profundamente, enviándole imágenes de un Aurelio semidesnudo en la cama, del celular del empresario. En una de las fotografías ella aparecía mostrando su rostro, al lado de él. Era la demencia misma, un desatino de otro nivel. Chiara le indicó que su esposo estaba en la segunda casa y que era su amante hace más de un año y que le había hecho promesas de amor que nunca cumplió y que su actual matrimonio era una farsa. Ámbar, a una velocidad temeraria, llegó a la segunda casa en diez minutos. Chiara se había marchado recién. Si bien estaba furiosa y descompuesta entró sigilosamente a la habitación y de un escobazo lo despertó y dialogaron.
Dime infeliz, ¡¡¿Qué hacías en la cama con esa perra extranjera?!! – le preguntó Ámbar, mostrándole de inmediato las imágenes obscenas, que eran la evidencia contundente e irrefutable.Era marzo de 1982 y la Facultad de Administración retomaba sus clases. Entre los mechones que recibimos ingresó a Ingeniería Gabriel Gábil, del barrio alto de Santiago, de Vitacura. Llegaba a clases en su camioneta puntual, bien vestido. Arrendaba un departamento amoblado al frente de la universidad, que quedaba cerca de la playa Chinchorro de Arica. Como era adinerado, simpático y atractivo, las mujeres se engomaban a él. Nosotros mirábamos con cierta resignación. Además era un excelente alumno con calificaciones brillantes en álgebra, cálculo, economía y en lo que viniera. Supongo que la envidia que sentía era natural, o al menos justificable en parte. Nada podíamos hacer. Así es la existencia humana. Saludaba a todos con cordialidad y respeto, también a los aseadores, secretarias y barrenderos. Estando en la formación del equipo anual de futbolito “Los Numerólogos” invitamos a Gabriel que se integrara. Aceptó de inmediato, con regodeo. El martes jugábamos con “Los Manumisos” de Historia, dando comienzo al campeonato universitario de ese año. Para nuestra sorpresa y dicha Gabriel fue una estrella en el encuentro con tres goles. Era nuestro Matador Salas. En su barra personal había varias universitarias lindas, que le loaban hasta los estornudos. Nosotros observábamos su éxito totalizante en silencio. El equipo ahora tenía un futuro prometedor gracias a la nueva contratación. Terminado el partido nos invitó a su casa y abriendo el refrigerador nos dijo: “beban y coman lo que deseen, sin restricciones”. Eso hicimos, con una diplomacia precaria. También era dadivoso. Adinerado, inteligente, buen alumno, goleador nato, educado, simpático, atractivo, amable y mil más. Era demasiado decía yo a veces. Dado su carisma era imposible no quererlo y aprendí por medio de reflexiones básicas que el resentimiento es una miseria humana descollante, por muy camuflada que esté. Eso sí, nunca lo invitamos al festival de la canción ni a jugar tenis, por si acaso. Nunca fanfarroneó de su patrimonio ni de los países que visitó.
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