Como todo mundano bailaba, fornicaba, bebía alcohol, consumía pornografía, fumaba, mentía, usaba un lenguaje grosero, me enfadaba con facilidad, era carnal y mil más. Era un hijo del diablo más. Nada especial. Acepté al Señor en marzo de 1986, a los 23 años de edad y todo empezó a transformarse en mí. Cambié las malas costumbres por las plegarias, la lectura de la Palabra y libros benignos de todo orden. Los progresos eran notorios. Eso sí no podía abandonar el cigarro, que me humillaba. Estaba encadenado y hablé con mi pastor Felipe.
- Pastor, estoy atrapado por el tabaquismo y no he podido desterrarlo de mi vida. Hago ejercicios, me lavo el cerebro, intento no pensar en el vicio, mas el fumar me vence una y otra vez, una y otra vez. Llevo tres meses de cristiano y mi avance es de cero. No logro florecer –le señalé algo preocupado.
- El problema es que eres tú quien pretende desmarcarse del cigarro con la ayuda del Señor. No, no es así, es al revés. Debes pedirle al Padre que extirpe el tabaquismo de tu corazón, a través de Cristo, perseverando en la oración, sin rendirse. La obra la hace Dios, es Dios quien te santifica, la gloria completa es de Cristo Jesús –indicó el experimentado pastor.
Y así fue. Me relajé. Seguí fumando, con más vergüenza y menos ansiedad, mas no cesaba en mi anhelo de que sea el propio Dios quien extermine de una vez y para siempre el vicio en mí, que residía en el fondo de mi alma. “Padre, aniquila el tabaquismo que vive en mí y que me tiene atado y no me permite ser un buen cristiano, en el nombre de Jesús. Amén”. Después de cuatro meses de dura batalla, en las cuales muchas veces salí derrotado y fumando, sentí en una vigilia que el Todopoderoso erradicaba de mí el demonio del tabaquismo. Lo sentí salir materialmente. Ahí aprendí que era un demonio y que sólo Él es quien gana las luchas y conflictos. Van cuarenta años sin fumar. El redimido por la sangre pelea sus batallas, pero las victorias la da el Redentor. Dios no pierde ninguna cruzada. Toda la gloria y aplausos le pertenecen al Príncipe de Paz. Lo irónico es que antes de empezar una pelea santa, el salvado ya tiene la victoria asegurada, mirando la santa cruz.
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JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE
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