martes, 11 de febrero de 2020

(69) LA SERENATA QUE SE APAGÓ


Con Rosella éramos compañeros de la Facultad de Educación. Yo estudiaba Biología y ella Matemáticas. Era galana, me gustaba. Me saludaba amablemente. Era popular y con un número importante de admiradores. La veía y mi corazón palpitaba. Una vez más en la semana universitaria canté, bailé y reí, y logré con paciencia bailar una canción de salsa con la princesa. Sólo una. Ella tenía muchas solicitudes. La fiesta terminó a las 2 de la mañana, cerraron las puertas. Con mi amigo Oliver bebimos una hora más y emprendimos la marcha a casa. Y al pasar deliberadamente por la casa de Rosella nos dimos cuenta que su cuarto tenía la luz prendida y logré divisarla y Oliver me dijo “Tú cantas más o menos bien, cántale una serenata ahora, es tu gran oportunidad”. Yo, envalentonado, enamorado y borracho, comencé a cantar el Ay, ay, ay de Osmán Perez Freire. La mejor partitura para la mejor doncella. Con una gran canción operática iba a cerrar está gran ocasión y brillaría por las mías. A los quince segundos de mi sublime interpretación lírica Rosella cerró la ventana y la cortina y apagó la luz. Quedé perturbado, exterminado, tronado. Mi amigo intentaba consolarme señalándome que Rosella no apreciaba la música culta. Cuando ella me veía en la Facultad, cambiaba de pasillo. Oliver le contaba riendo a los compañeros de Biología los sabrosos detalles de mi naufragada serenata. Era famoso. Mi juventud y dignidad se fueron al cementerio. ¿Elegí mal la canción, el escenario, el horario? Los borrachos no solo chocan automóviles, generando calamidades.

domingo, 9 de febrero de 2020

(68) UN KILO DE PAN


En la casa mi madre necesitaba pan y me ofrecí de voluntaria para ir a comprar, como muchas veces. En la fila larga había un moreno que consideré apuesto de inmediato. Y con la excusa de iniciar una conversación y sintiéndome algo atrevida le dije: amigo, está es la fila única de pan y abarrotes. Esa fue la primera burrada que se me ocurrió. El extranjero me contestó gracias mamita, eres un encanto, eres muy amable y mil cosas más. Empezaron las guiños sutiles entre los dos y la conversación subió de tono y ya sentados en la plaza él me indicaba que sería su mayor delicia darme un beso. Yo estaba noqueada. No sé cómo esa misma noche terminamos en un motel. Al ingresar al baño cínicamente me sentí algo sucia y me reía sola. Soy una esforzada trabajadora y supongo que no hay drama al acceder a algunos placeres carnales. La pasé bien y me fue a dejar a una cuadra de la casa con un halago tras otro. Parecía candidato. Yo escuchaba en silencio sin hacerle crítica alguna. En mi casa conservadora y racista nadie supo nada de la jugada erótica. Nos dimos los teléfonos y no nos vimos más. Yo presentía una relación complicada y me olvidé de mi cachonda locura. Mi reputación en la oficina, en el barrio y en mi casa era más que aceptable. Cuando estoy con depresión ingreso a la panadería sin moverme y me sano, o paso por afuera del motel y me sonrojo. Mi madre aborrece a los negros, a mí me gustó uno, reservadamente.

(67) MELODRAMA DEL OLVIDO EXTENDIDO


Marchaste hasta el final del país huyendo de la mujer que te abandonó, visitando parientes. Llevas su fotografía en el bolso. Te embriagas en los bares y supones tocarla. La traición te desdibujó, los pronósticos y proyectos fracasaron de golpe. El beso infiel te bloquea la salida del sol, los pensamientos. Elegiste con ojos terrenales y una extraña intuición a la que iba a ser la mujer de tu vida y los planes se dieron vuelta. El olvido es un fardo pesado, una desfiguración. ¿La boda es una moneda al aire? ¿Cuál es el manual de los aciertos? Tomas un trago, ves una flor o una sonrisa femenina y ella se viene a ti anhelante. Ser un novio derrotado es caminar sin oxígeno. Ella no contesta los mensajes.



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JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE


lunes, 12 de febrero de 2018

(66) LA POBREZA NO VA CONMIGO


Montserrat nació en un barrio de la periferia y asistió a una escuela pública como muchos. Su abuela, que en su juventud tuvo una época breve de adinerada le ensañaba los modales de una dama distinguida y le contaba historias a su nieta que modificaron notoriamente sus fantasías y anhelos. Como no ingresó a la universidad trabajaba de secretaria o de vendedora, por su atractivo y cierto refinamiento, almacenando el espejismo de que un día regresaría al barrio alto en la comuna de Las Condes donde años atrás residió su locuaz abuela. Nunca se casó porque los pretendientes eran humildes o de clase media. Tuvo romances con algunos acomodados dada su bonita figura, mas estos la miraban como una vendedora guapa y coqueta y nada más. Monserrat prefería la falsa ilusión y humillación de un joven rico que el anillo de compromiso sincero de un hombre común. Su aristocrático novio nunca se asomó, nunca existió. Con treinta años de edad un día se dio la oportunidad de poder arrendar una pieza en una casona en la comuna Las Condes y no lo pensó dos veces. El arriendo era caro y el vivir allí también. Nada importaba. Ella salía cada mañana de una puerta del barrio alto a su trabajo con el pecho inflado. No importándole las penurias económicas de tal decisión ahorraba hasta el último peso para pagar el pesado alquiler y los gastos. Mantener las apariencias es complicado. A ella no le faltaba voluntad o entusiasmo. Asistía a conciertos gratuitos, muchas veces con la misma ropa. Con 45 años de edad y sin estudios formales sus ingresos disminuyeron considerablemente al ser ahora sólo una vendedora más en una tienda distinta que la hacía trabajar hasta doce horas diarias. La mudanza se efectuó de inmediato a su antigua y sencilla vivienda de la periferia, con una abuela que estaba en el cementerio y que ya no le hablaba de la gloria de antaño, aunque Monserrat sentía su presencia en cada rincón. Se pensionó con sesenta años de edad sin doblegarse. Con un poco de suerte y algunos malabares lograba llegar a fin de mes sin pasar hambre. Nació pobre y murió pobre convencida que su sitial era la alta sociedad, sospechando que algo salió mal.

martes, 9 de mayo de 2017

(65) NOTICIA DE ÚLTIMA HORA


En el barrio de periferia “El Ofrendero” unos traficantes apuñalaron por error a un humilde bodeguero de nombre Rony de treinta y años y estando botado en el suelo una ágil reportera, que estaba casualmente cerca, alcanzó a entrevistarlo en vivo para la radio “Escarmiento” antes de que llegara la ambulancia, acompañado de dos compañeros de trabajo y muchos curiosos. -¿Don Rony que sintió en la puñalada? –pregunta la perspicaz periodista-.
-Mucho dolor señorita, demasiado –contesta un Rony que se retuerce-.
-¿El narcotraficante le dijo algo?
-Sí. Me dijo: “Te voy a matar hijo de perra, por traidor”.
-¿Y usted que le contestó?
-Señorita periodista, nada alcancé a responder porque me apuñaló de inmediato, atravesándome –el sufrimiento era ya insostenible-.
- Don Rony, ¿qué le parecen el narcotráfico y los asesinatos en “El Ofrendero”?
-Muy mal señorita periodista, muy mal –contestó un agónico Rony que se desmayó de tanto padecimiento.
Tanto se demoró la ambulancia en llegar que el humilde Rony murió de camino al hospital. Un cadáver más, sin mayor importancia. Nadie quiere ingresar al peligroso barrio “El Ofrendero”, ni siquiera los policías o candidatos a diputado. La espontánea y audaz entrevista en vivo se hizo famosa y sirvió de prueba en el tribunal para que nadie terminara en la cárcel.


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JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE


(64) EL APOSTOLADO DE LA MATERNIDAD



Clementina nació y creció muy pobre, con un padre bebedor de vino tinto. Se casó a los veinte años con un obrero desheredado con el cual tuvo dos hijos y muchas penas. Como nunca estudió por falta de oportunidades trabajaba de nana o garzona indistintamente, gambeteando las carestías que se presentaban en su vivienda social todas las semanas. Desde que su marido se marchó para siempre sus horas laborales se incrementaron y sus hijos quedaron medianamente abandonados al cuidado de la abuela y de un jardín infantil estatal. El tejido de la pobreza es de hierro. Efraín, el mayor quedó atrapado entre las drogas y las visitas a la comisaría y Malena quedando embarazada a los quince trabajaba esporádicamente y sin mucho entusiasmo, y no estudiaba. Cada año que pasaba el desconsuelo de Clementina se hacía insostenible. Sus desordenados y rebeldes hijos no tenían ningún espíritu de superación. La estrechez no siempre es una buena excusa. Otros vecinos jóvenes del mismo barrio algo progresaron. Los ruegos al cielo fueron inútiles y adivinaba el desastre que se les venía. Les pedía de rodillas que hicieran algo decente por la vida y nada. Los vicios favoritos de sus retoños eran la cerveza y la desidia. El nieto va por el sendero de sus ancestros, lamentablemente. Es la tenebrosa herencia, sin notarios. La necedad nunca abandonó el humilde hogar de una Clementina que se estresaba cada día más. La angustia la llenó de fármacos y lágrimas. La impotencia de ver la destrucción pausada de sus hijos un día cualquiera la envió al hospital. La desesperación sí es capaz de liquidar a un ser humano. Cuando le comunicaron, cuatro meses más tarde, que condenaron a su hijo por robo a cinco años de prisión se desmayó y le dio una hemorragia cerebral compleja. Murió sin paz al mes siguiente. Su sistema nervioso expiró. Ahora su afligida alma descansa. Es el apostolado de la maternidad. Literalmente Clementina sufrió y sucumbió por sus hijos. Entregó hasta su última gota. Luchó todos los meses de su existencia como madre por sus retoños, hasta el final. Nunca levantó la bandera blanca, nunca se rindió. Los amó sin condiciones. No alcanzó a cumplir los sesenta años. Falleció en el campo de batalla. Cerró los ojos con una fotografía en su mente de sus hijos y nieto. La carestía los demuele sin piedad. El inanimado Estado no berreó, el señor ministro completó una estadística. La patria perdió a una madre de la más alta calidad. Sólo una madre comprende el dolor profundo de otra. La república dio vuelta la hoja sin compasión. En la lápida de Clementina no hay ninguna condecoración.




lunes, 8 de mayo de 2017

(63) AMOR EN LAS SOMBRAS


Ambos vivían en la humilde comuna de Cerro Navia y se subían todas las mañanas al metro San Pablo para dirigirse a sus labores en el centro de Santiago, encontrándose casi todos los días. Maciel era ayudante de la peluquería “Premiun” y Valentín era un buen técnico en computación en la multitienda “Bongiorno”. Los dos se tenían todo tipo de referencias. Si bien sus domicilios están a menos de dos cuadras no se conocen formalmente. Él muchas veces se sube al mismo vagón del metro poniéndose relativamente cerca de ella, con un disimulo que ya resulta irrisorio. Valentín está tan enamorado o embobado con la peluquera que no sabe qué estrategia desarrollar. La timidez o susto lo consume. Ella al sentarse y caminar es tan femenina que él queda deslumbrado. Quizás cuantos admiradores la visitan. Valentín se acuesta y se levanta pensando en ella. Maciel no se inquieta con su vecino bien vestido y bien peinado con cara de prendado y de vez en cuando lo mira deliberada y atentamente como generando esperanzas. Un día con cierto descaro y en un día libre la sigue para conocer el domicilio exacto de la peluquería, que se ubicaba en una galería de la calle Morandé. En un acto irresponsable, algo desesperado y alocado compra flores rojas y se las envía a la “Premiun” con una tarjeta que decía “De tu admirador diario del metro. Tu belleza es la culpable de mi cobardía” más otras expresiones de devoción y de disculpas por el atrevimiento. La apuesta fue completa y turbadora. Todo o nada. En la tarjeta estaban el domicilio y fono de Valentín. Era viernes. Estando algo aterrado asume las consecuencias de su romántico acto. Con arrojo ella lo llama el sábado en la tarde para agradecerle las hermosas flores. Ambos estaban nerviosos, por igual. El del domingo fue el primer almuerzo juntos de miles que vendrían después.


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JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE