domingo, 8 de enero de 2017

(43) EL CONCHITO



Se casó con un obrero de la construcción y residieron en la periferia siempre. A pesar de que la pobreza nunca se separó de ellos tuvieron dos hijos varones que por la falta de educación y oportunidades siguieron el camino de su frustrado padre. El sacerdote predicaba con convicción de que un católico debía tener todos los hijos que Dios les dé aunque terminen viviendo debajo del puente con hambre y frío. Por eso tanto crío en las barriadas. La señora con 36 años aseguraba que la faltaba el conchito, el último hijo, que los acompañaría en la vejez. Obviamente la madre pensaba en ella, en su vejez, no en el futuro laboral de su retoño. El agobiado padre le rogaba que no se embarazara, mas sabía que cuando una dama se proponía con todo traer un ciudadano a este poblado mundo no había caso. El padre pensaba que era innecesario traer un esclavo más a la amada patria. La niña que nació trajo cierta felicidad y perpetuó la invariable pobreza. Dada su edad, el padre a veces se quedaba cesante. Quince años después la señorita, llena de privaciones, quedó embarazada y dejó el hijo en su casa. Ella vagaba por la calles como una drogadicta más y en su calidad de madre soltera el mundo se le cerraba por todos lados. Son las consecuencias de la miseria. Al final ella no terminó la enseñanza media, fue atrapada por el vicio y tuvo un bebé con un joven que no quería y que huyó. El padre envejecía preocupado porque para ser un esclavo asalariado hay que poseer ciertas habilidades o alguna capacitación y el conchito nada tenía y era un problema total. De vez en cuando la señorita iba a la casa de sus padres a ver al hijo que abandonó y a pedir dinero.



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JAIME FARIÑA MORALES

ARICA-CHILE




sábado, 31 de diciembre de 2016

(42) BORRACHOS EMPERIFOLLANDO EL MUNDO


Los cinco oficinistas se juntaban en el bar filosófico El Escolástico, único en su especie en la capital. Entre cerveza y whisky comentaban el quehacer del globo. Y como eran buenos lectores el debate de estos oficinistas de salario mediocre se inspiraba con las ingesta y el pasar de las horas. Realizaban severas interpelaciones a la política exterior de los Estados Unidos, a la concentración de la riqueza, a los casos de corrupción, a la manipulación de los medios, a las incoherencias sorprendentes del mundo religioso y mucho más. También analizaban el fútbol y las cinturas de las modelos y damas famosas. No todo iba a ser tan serio. Peleaban entre sí con cierta pasión y sin insultos. Las diferencias políticas eran las más sabrosas. En el Escolástico nadie gritaba o era maleducado. Cuando alguien se deprimía o se ponía a sollozar era siempre por el mismo motivo. La competencia en el mercado estaba dañando a la empresa donde trabajaban y la posibilidad de quiebra o que los cinco fueran despedidos era cierta. Uno de ellos tenía cuatro hijos y más de cincuenta años y veces lloraba solo. La sola palabra desempleo lo hundía en la desesperación. Y como las deliberaciones justicieras del quinteto no ejercían ninguna influencia fuera de su mesa se frustraban un poco. Así que concluida la jornada de dominó y observaciones puntillosas un taxi los dejaba en su casa. Había dos que siempre llegaban a su morada totalmente borrachos y rozaban el divorcio. En la insegura oficina eran unas hormigas laboriosas y en el Escolástico unos polemistas de estirpe que intimidaban a cualquiera.









viernes, 16 de diciembre de 2016

(41) MI HIJO NUNCA SE DESTAPÓ


Cuando Carlos iba al jardín infantil siempre se demoraba en las tareas y en los dibujos. Era un niño inquieto y a veces particularmente retraído. Como las parvularias no tenían las capacitaciones apropiadas Carlos ingresó a la escuela básica con algunos vacíos. Se tardó más de la cuenta en aprender a leer y a multiplicar. Siempre iba quince pasos atrás. La pedagogía es limitada. Por alguna razón ningún especialista me ha explicado adecuadamente por que no se motivaba. Tal vez era un artista o algo parecido. En la enseñanza media la historia fue repetida, egresó con dolores de cabeza y plegarias y no ingresó a la universidad. No descarto la posibilidad de que la pantalla haya liquidado sus capacidades recónditas. No lo eduqué con firmeza y valores. Mi hijo Carlos siempre soñaba que era un ingeniero que construía portaviones y yo como buena madre nunca lo desalentaba, es más, le compraba juguetes en esa dirección. Un especialista me aconsejó que le mostrara otras alternativas para evitar frustraciones inalterables porque la ciencia aún no avanza lo suficiente para reparar las dificultades innatas de Carlos. Le dio una depresión de tal magnitud que lleva tres años encerrado en su cuarto dedicado a su facebook y a la televisión. Hace dos años encontró a una dulce señorita que es muy similar a él. Con su enamorada conversan de todo tardes enteras y parece que también sobre lo que el destino les depara. Como madre estoy angustiada. Nada lo estimula y cree que es humillante e injusto trabajar por un salario mediocre. Es un joven de convicciones duras. Carlos levantó con ímpetu y desplante las banderas de la rebeldía.








martes, 6 de diciembre de 2016

(40) DE UNA SOLA LÍNEA


Soy un hombre consecuente. Siempre me confieso de los mismos pecados. Mi visita al confesionario es cada domingo. De lunes a sábado me divierto con la discreción que el decoro recomienda. El desenfreno se practica con la puerta bien cerrada. No es que esté loco, lo que me sucede es que si no lavo mi alma un domingo me siento como un perro podrido, tan simple como eso. El mismo sacerdote me ve y me absuelve de lo mismo casi sin escucharme. Con santa paciencia me ha dado mil consejos. Hago las penitencias con respeto y me miro para adentro, siguiendo el guion del párroco al pie de la letra, con reverencia. Soy el único que reza el avemaría al revés. Lo mío ya parece un número repetido de televisión. Y si bien siento dolor por el pecado también me divierto como chancho en el lodo. Soy honesto al ingresar al templo y al ingresar a la jarana. El sacramento me aumenta esa gracia santificante que nunca diviso, me quita las ganas de pecar y ofender a Dios, por unos minutos. Salgo de la casa de Dios y empiezo a dibujar y planear impurezas que no debo señalarlas en público, con fervor. Con tantos exámenes de conciencia que me he realizado ya soy un perito en el área. Soy un hombre de una sola línea. Siempre me confieso de lo mismo, con fe, con un rosario de plata en la mano.








lunes, 21 de noviembre de 2016

(39) LOS DESIGNIOS DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES


Mis padres eran profundamente católicos, de misa dominical. No se perdían procesión y la cuaresma en semana santa era insoslayable. Tal vez tanta fe y devoción me hizo mal y a la primera oportunidad, desde los 16 años de edad, empecé a ir a la discoteca del pueblo, bebiendo piscolas y copulando sin prejuicio alguno. Me liberé. Sentía que tenía que recuperar los años perdidos en esa capilla que me golpeaba la conciencia cada vez que la veía. Mi aterrorizada madre no aceptaba esa excusa de que las jóvenes de esta época se comportan como putas y había que aceptarlo según los ideales de la postmodernidad. Después de tanta droga y jarana me vino una depresión suicida y como era católica, al final de cuentas, asistí a un retiro espiritual, que buscaba vocaciones para el Señor. Mi hermosa primera comunión en algo influyó. Al sentirme mejor por los extensos rezos y persuadido por el locuaz párroco y teólogo señor Loyola tomé la drástica decisión de enrielar mi vida para siempre y de un solo golpe. Ingresé a las Devotas Descalzas de la Inmaculada. Estaban contentos los curas de mi pequeño pueblo, mis amigos y todos. Era el impresionante suceso del año. La parábola del hijo pródigo se había hecho carne en mí, con penitencias estrictas de por medio. Mi humilde madre no podía creer tan maravillosa noticia. Las mil velas que compró como promesa a la Madre de Dios dieron sus frutos. Ni el diablo se acordaba de mis trasnoches o de mis bailes arriba de las mesas sin ropa interior. La dura formación católica de mis padres ponía una monja a los pies de Cristo. Era el edén en la tierra. Tomé los votos con la mayor seriedad posible, mirando una imagen de María Magdalena. Si bien soy una monja obediente, me canso de lavar, de cocinar, de hacer el aseo. Soy mano de obra barata sin estudios. El voto de pobreza me complica un poco al ponerme al corriente de la aristocrática vida que llevan los obispos y cardenales. Ellos echan un vistazo el austero pesebre con desdén. Aquí algo huele mal. La madre superiora era lesbiana y había participado en encubrimientos de abortos y abusos. Dicen que por eso ascendió, porque era de la total confianza de un obispo que defendía la reputación de la Madre Iglesia con una pistola en la mano si era necesario. Con tanta inmoralidad los obispos necesitan un personal con una fidelidad a prueba de misiles. Con otras dos jóvenes monjas y amigas concordamos que el voto de castidad era imposible y ridículo, un sufrimiento intolerable. Las tres comenzamos a copular y a beber cervezas en la más absoluta discreción. Los galanes son elegidos con pinzas. Nos confesamos y nos apoyamos entre nosotras. Reconozco que es emocionante divertirse y desvestirse siendo monja, y algunos machos al verme así se excitan más, y yo también. El sexo ilícito nos relaja. El único requisito es no enamorarme, dado mi oficio. Lo paradójico es que al comparar mi lujuriosa vida con la conducta moral de la Madre Iglesia me siento una santa y nunca una pecadora. Duermo tranquila y adquiero mis pastillas anticonceptivas con disciplina religiosa.

 

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JAIME FARIÑA MORALES

ARICA-CHILE


















sábado, 19 de noviembre de 2016

(38) QUE VIAJE MÁS SEGUIDO


Por mientras el Romano Pontífice estuvo en mi país fui un hombre de fe, casi un diácono, un ser orante. Canté todos los cancioneros de la parroquia, caminé muchos kilómetros y me confesé con vigor. Hasta sentí el extraño deseo de leer con seriedad la historia de los santos, de vigilar. Escuché todos los sermones papales sin bostezar, en una actitud escolástica y con el corazón elevado. Claramente era un ser distinto y luminoso. Cuando el papa móvil pasó cerca de mí, brotó en mí una lágrima eclesial, sentí los pies en el aire. Acaricié una fracción del reino de los cielos. Hoy se cumplen veintidós años de su santa visita a nuestra nación. Hace veintidós años que no me confieso, que no voy a misa. Mi rosario se extravió.







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JAIME FARIÑA MORALES ARICA-CHILE

(37) LO QUE ENSEÑABA


Ver pasar a la profesora una y otra vez, desear besarla una hora pedagógica sin parar, comprarle flores y cantarle serenatas en la ducha. Por culpa de su ajustada cintura nació lo que yo suponía que era amor. Intentaré disimular cuando la observe como un bobo. Cuando ella me habló en el patio me paralicé. Cintura soñada, curvas temblorosas. Yo era un enamorado más, un baboso más. Concentrarme en la materia con ella en el pizarrón era un desafío demencial. Bajé algunas calificaciones y con el regaño de mi madre no logré olvidarla. Los dibujos estaban el aire, las escenas de amor impuro.

 


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JAIME FARIÑA MORALES

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