martes, 11 de abril de 2017

(60) EL TREN MÁGICO


Desde niño vi como los jóvenes del campo se subían con esperanzas al tren en la estación “Riachuelo” que los trasladaba a Santiago, a la gran capital en busca de nuevas oportunidades o tal vez como una forma de alejarse de la inmutable desventura agrícola. Algunos hablaban de un gran futuro. En ese campo el trabajo consistía en someterse al látigo de don Aurelio o nada, que junto a su familia eran los dueños de la tierra en aquellos años. Cuando crecí yo me subí con fe al tren mágico casi sin pensarlo con una pena de mi madre y un consejo rudo de mi padre de que “la vida es demasiado dura” sin importar en donde resida el cándido peón. En Santiago, después de batallar muchos años, terminé viviendo hacinado en un cité de la periferia con mi familia. Era un obrero de la construcción esquivando el hambre con malabares. El empresario Lorca nos pagaba mal porque la mano de obra barata sobraba. En todos lados era lo mismo. La pobreza fue mi compañera desde la cuna, en la pocilga cerca del río, hasta mi insignificante partida. En la existencia hay que tomar decisiones definitivas y yo opté por el tren mágico que casi siempre me generó la sensación de que huía de las carencias de mi niñez. Esa energía fue útil. Y no iba a regresar derrotado a “Riachuelo”. En el bar era difícil definir cual historia era más desconsoladora que la otra. Cada botella era una tragedia griega, la clase obrera y campesina lo eran. La desnutrición era un problema nacional, una vergüenza. La desdicha era el adn de casi todos mis compatriotas. Cual más cual menos éramos todos piojentos. Fanfarronear era irrisorio. Las excepciones habitaban en barrios lejanos y bien protegidos. Cada uno se subía o inventaba un tren mágico. Los había de diferentes colores y dimensiones. Era el fármaco natural y poético del postergado, junto al vino. La imaginación estaba repleta de estaciones de trenes que nos llevaban a sitios espaciosos y florecientes. Cuando dejé de creer en el ferrocarril por ser viejo vi a un joven subirse a uno y a una madre llorar. Guardé un respetuoso silencio. La esperanza renacía. El ciclo de la vida real es insufrible, los ciclos de nuestras fantasías son tolerables y nos despegan del suelo por periodos indeterminados.




domingo, 9 de abril de 2017

(59) GESTIONANDO UN CUPO EN EL MÁS ALLÁ


Artemisa, de sesenta años estaba preocupada porque su enferma madre Irma de ochenta y cinco se estaba despidiendo de este mundo. Logró traer a un sacerdote a la casa para los últimos sacramentos y la inquietud continuaba porque Irma en su juventud fue algo desordenada y aventurera y en esa época era insostenible. Fue una madre aceptable y liberal, adelantada a su tiempo. También invitó a un vecino evangélico y elevó las pertinentes plegarias por su madre. Unos mormones que golpearon su puerta también hicieron lo mismo. No sé cuantas personas y credos oraron por Irma. Artemisa no dejaba pasar ninguna oportunidad piadosa. También compró unas flores a la Virgen del Carmen y San Judas Tadeo, el santo de los imposibles. Cuando Irma falleció se sintió un poco aliviada en lo personal. Gestionó e hizo todo lo posible para que el tránsito al más allá de su progenitora fuera sin dificultades, sin baches. No quería que esa alma se perdiera por la negligencia de una hija. No hay peor trámite que aquel que no se realiza. Materializó todo lo que estuvo a su alcance. Irma ya descansa en paz. En estos momentos la mayor preocupación de Artemisa, que también participó de manchas notorias, es ella misma y se pregunta con un espíritu jadeante ¿quién formalizará mi viaje al más allá con la misma viveza y diligencia? Dada su soledad su angustia se incrementaba con el pasar de los veloces meses. Es que por miedo a equivocarse no quería apostar todas sus fichas a una sola confesión de fe. Era muy arriesgado y un error en esta área es fatal. Anhelaba estar al lado de su madre y no sabía a quien encargarle la tan delicada misión de las pluralistas últimas plegarias y tareas. Y como no confiaba en nadie su desasosiego se extendía. Todos los días le pesan. Es que con la eterna alma humana no se juega.

sábado, 8 de abril de 2017

(58) EL ROCKERO INVENCIBLE


El “Coroco” nació escuchando rock and roll. Su mamá era fanática de Elvis y de Bill Haley y sus cometas. Y como poseía una destreza musical considerable su apego y vicio por las seis cuerdas no se hicieron esperar. Siguiendo su natural indocilidad adolescente experimentaría algo más potente, y fue más allá. Formó la banda de rock pesado “Mausoleo” en las que interpretaba éxitos extranjeros y temas propios. En la ciudad los metaleros duros formaban una comunidad, una congregación o una secta, como dirían otros. Como terminó la secundaria en un politécnico como técnico contable trabajaba en una empresa privada de día, encubriendo sus tatuajes. De noche el “Coroco” era un músico aplaudido y apreciado y se juramentó con otros ser metaleros hasta el fin de la existencia, ser tenaces siempre. El metal se lleva por dentro. El sentimiento era poderoso y profundo. No ganaba casi nada de dinero porque el público metalero leal y disciplinado era poco en la ciudad y la recaudación penosa, escueta. Ahí conoció a Piedad, que llegó por curiosidad a escuchar a los metaleros y le llamó la atención el vehemente guitarrista de “Mausoleo”. El amor y los besos fueron rápidos, y sinceros. Cuando ella quedó embarazada armaron una pieza especial en la casa del rockero de clase media. No se casaron porque el amor y el niño no necesitan papeleos. Una vez ella fue a comprar al centro e ingresó inesperadamente a la casa el baterista del grupo que elevó el volumen de la radio y el bebé se despertó llorando. No era la primera vez que ocurría. Otra vez Piedad regañaba al “Coroco” y le suplicaba que abandonara ese ensordecedor y endemoniado estilo. Le rogaba que conformara una banda de cumbia o salsa y que trabajara en un local nocturno por una remuneración que les ayudara realmente. La salsa, el merengue y la cumbia tenían muchísimos clientes y aficionados adultos con billetes en el bolsillo. El dinero y el talento se atraen. Para ella que un riffista de treinta años insista en un estilo que empobrece y que le revienta los oídos a cualquiera era ya inaguantable. Piedad le seguía implorando y en más de una oportunidad pensó en abandonarlo mas amaba a su rockero y administrativo de bajo perfil. No estudiaba más porque su pasión lo absorbía. Pasaron los trienios y todo continuó igual. La subsistencia de la familia fue plana. No había un futuro para ella o su hijo y había en el hogar un músico capaz que no agachaba su cabeza ante el dinero o ritmos bailables, que insultaban sus hondos principios artísticos. La música popular transaba, se vendía. Ser de una sola línea, enfrentando los duros momentos de la vida, siempre es difícil. Un día, cuando cumplió cincuenta años de edad fue premiado públicamente por la comunidad metalera por su gran aporte al rock pesado de la ciudad. Más de treinta años junto a “Mausoleo” levantando las banderas de la rebeldía le dieron cierto prestigio y reconocimiento. Nunca se prostituyó. Era como un monje del rock. El “Coroco”, emocionado, prometió seguir siendo firme y leal con la controvertida música pesada hasta el último día, sin importar las peripecias, las privaciones o las desgarradoras críticas. Renovaba sus votos. Piedad, que no quería saber nada de la premiación, se enfadó una vez más y una vez más de nada sirvió. Dicen que el “Coroco” murió con una guitarra negra en las manos. A pesar de que perdió parte de su capacidad auditiva, fue fiel a su pasión. Son pocos los hombres congruentes.


http://lassotanasdesatan.blogspot.com

http://microcuentosson.blogspot.com



JAIME FARIÑA MORALES 
ARICA-CHILE

lunes, 27 de marzo de 2017

(57) LAS SECUELAS DE HABITAR EN LAS NUBES


Estábamos concluyendo el liceo con ilusiones, que no poseían ningún sustento, claro está. Cuando egresé, en aquellos años, no sabía ni utilizar una máquina de escribir. Era el inepto ideal, como mis cándidos compañeros de curso. De los cuarenta y dos alumnos seis ingresaron a la universidad de la ciudad y sólo cuatro se titularon. Con nostalgia recuerdo las homilías de mi profesor jefe que nos inundaba con su romántico optimismo diciéndonos “ustedes son el futuro de Chile”. Por alguna extraña razón le escuchábamos con tanta atención que no volaba una mosca ¿El profesor era un profeta? Olvidamos el himno de ese liceo fiscal de periferia y la insignia se engomó en mi velador para recordarme mi origen y mi cuantía. De todos, treinta y cinco alumnos fuimos mal pagados toda la vida. Éramos obreros, choferes, administrativos u otros. Éramos los candidatos correctos a los malos empleos. Cierto resentimiento, que no te miente, es un compañero de viaje, de la vida. En la escuela básica íbamos a ser abogados, ingenieros, arquitectos o médicos. Las madres, los profesores y los tíos alimentaban con entusiasmo el cuento de ciencia ficción. La élite comprendió que era necesario que los vasallos fuesen educados. Así producen más. Debíamos creer que la enseñanza media completa del liceo fiscal era una enseñanza media completa. Ese era el truco de los siglos. Algunos hicieron un posgrado al interior de una botella de vino y otros en alguna esquina intimidante. El futuro fue una broma de mal gusto, una sátira del gobierno, de los propietarios de la república. En cuarto medio usábamos zapatos lustrados y una corbata. Al año después algunos usaban una pala y bototos polvorientos. Los pobres marchan por la alameda con una bandera chilena en la mano derecha y una mentira histórica en el corazón. Desde el balcón presidencial el títere de turno saluda con fe. Cuando el atorrante despierta ya es demasiado tarde. La incesante rueda del infortunio recibe una vez más con una sonrisa socarrona a las próximas generaciones ¿Por qué pensé que prosperaría? ¿por qué mi novia me creyó y no me dijo nada? ¿dónde compré tantas toneladas de idioteces de acero?¿por qué mi tía, que me decía que me amaba, insistía en que yo iba a ser importante cuando adulto? La existencia es una estafa, el modelo político una cloaca. Ayer me pensioné como chofer y estoy juntando dinero para reparar de una buena vez la puerta de entrada a mi casa de barrio pobre. El profesor no era un profeta.


http://lassotanasdesatan.blogspot.com

http://microcuentosson.blogspot.com


JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE


domingo, 26 de marzo de 2017

(56) DIÁLOGOS DENSOS Y EXTENSOS CON MI LÁPIDA


No pensaré en la muerte, no me agrada dialogar del más allá porque nada habría después de expirar. Reflexionar sobre mi residencia en el cementerio me amarga, me embrolla. En la tumba sólo hay oscuridad y gusanos que se alimentarán de mi ser. Es preocupante que tanto religioso centre parte de su vida y de su credo en las consecuencias de la defunción con sesudos análisis y comentarios. ¿De esta triste finitud pasamos a una bulliciosa eternidad? No lo sé. Cuando veo mi lápida con mi nombre me asusto, aunque no lo reconozca públicamente. Días enteros he girado alrededor de mi ataúd consumido por la ansiedad y la duda. Es que tengo que ser un escéptico consecuente, cumplir con el perfil del intelectual posmoderno, del charlatán. No veo ninguna luz al final del túnel. Cuando estoy solo con mi alma mi fallecimiento no me genera ningún regocijo, es más, al pensar en mi funeral me complico entero, en silencio. Me gustaría decir que cuando uno se fallece todo termina y la historia concluyó. Las dudas me ponen una pistola en la cabeza. Hay una voz que a veces dentro de mí me grita con angustia que la defunción es la fecha más importante en la sempiterna existencia del hombre. Es un evento transcendental. Sí, el alma es inmortal. Otros hasta celebran lo que viene a continuación del deceso con una seguridad impresionante. A mí no me agrada demasiado hablar de las expiraciones y cada vez que diviso en mi mente mi lápida, que parece que desea notificarme de algo. Me pongo demasiado nervioso.



http://lassotanasdesatan.blogspot.com

http://microcuentosson.blogspot.com


JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE


(55) BESOS CARGADOS DE RESIGNACIÓN


Adolfina era adinerada y muy educada. Su padre era un empresario reconocido. No era millonaria mas por su buena situación económica accedió a la mejor educación que incluía clases de piano, viajes al extranjero y los buenos modales. Pretendía ser profesora con el propósito de ingresar al negocio de la educación. El padre planeaba comprarle un colegio particular, a pequeña escala al principio. Sí, la hija era un poco obesa y carente de hermosura. En cambio Paolo era un galán en la Facultad de Pedagogía y vio en la simpática heredera un futuro prometedor. Era tan pobre que no resistió la tentación de enamorarse de ella. La madre tenía la remota esperanza de que el amorío terminaría al concluir los estudios. Apenas encontró empleo como profesor, recién titulado, le pidió la mano a su amada, que aceptó de inmediato. La madre casi se desmaya y el padre casi la deshereda. Aceptaron la boda a regañadientes, sin apoyo económico. Por medio del clásico subsidio Paolo accedió a una vivienda en un barrio humilde, con gente demasiado común. Ella lo amaba mas no toleraba las costumbres o exabruptos de los residentes. Escupían en la calle, ponían la radio con un volumen elevado en la noche, no limpiaban la caca de los perros y mil más. Adolfina tomó la decisión de no entablar amistad con los vecinos y menos participaría de los regados cumpleaños. Esperaba un golpe de suerte o algo así. La conocían por la vecina que nunca sonreía y que a veces saludaba, sin entusiasmo alguno. Era demasiado seria, tosca. Lloraba en silencio mientras interpretaba a Mozart en un rincón de su pieza. Con el tiempo recibió alguna ayuda monetaria de los padres por el nieto que nació y nada más. Con Paolo no hay dificultades. Nunca vivió en el barrio alto y en música clásica es un ignorante. Como defensa central del equipo de la villa funcionaba mejor. Al final ella nunca se acostumbró a relacionarse con la gente común. Se sentía incómoda de inmediato. Era muy educada. Estuvo más de cuarenta años sin sonreírles a los vecinos. Su taciturna alma se deprimía con facilidad. La madre de Adolfina tampoco se alegraba demasiado cuando su hija la invitaba al cumpleaños de Paolo. Lo único que exigía la madre es que nunca fuera invitada a celebrar los aniversarios de boda. Nunca se divorciaron. Ella lo soportó hasta el final, estoica. Cuando una vez el padre vio la liquidación de sueldo de Paolo comprendió de inmediato la tanta melancolía de su hija, que iba a ser empresaria.



http://lassotanasdesatan.blogspot.com

http://microcuentosson.blogspot.com


JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE





jueves, 23 de marzo de 2017

(54) EL CELOSO PERRO GUARDIÁN


En su calidad de comisario el capitán Vélez fue asignado al pueblo Punta Montaña de menos de 3 mil habitantes. Había poca delincuencia y mucho frío por culpa de las montañas. Y si bien en el aburrido pueblo el quehacer económico era disminuido las actividades protocolares eran sagradas e irrenunciables. El carismático alcalde invitaba al capitán a todas las actividades formales y reuniones posibles. Inclusive fue invitado como amigo a la boda de la hija mayor y a la primera comunión de su hija menor. El influyente alcalde era sensible y perder su amistad sería una imprudencia costosa. Además, la buena educación era una tradición entre los oficiales de los carabineros. Vélez se miraba al espejo y se sentía cualquier cosa menos un sabueso persiguiendo a los pocos ladrones y contrabandistas de esa frontera. A veces se deprimía por el contexto de su presente función de capitán de policía. Rechazarle un brindis a la insistente y amada autoridad edilicia era un desaire imperdonable. Tanto se acostumbró el capitán Vélez a sentarse en la primera fila con su esposa en los desfiles, marchas, actos, juegos y actividades sociales que mejoró su relación matrimonial. En la terrible capital como teniente nunca tenía la oportunidad de salir con su señora. En Punta Montaña no se despegan. Dado el reinante escenario solicitó formalmente al alto mando capacitaciones en relaciones humanas, protocolo y tradiciones ancestrales. Más que un intimidante policía era un diplomático. Siempre y en todos los lugares y circunstancias era muy educado. Nadie discutía su caballerosidad. Lo más grave que vio en la pacífica y religiosa Punta Montaña fue oír cantar rancheras borracho al simpático sobrino del alcalde una noche con la corbata en su sitio. Toleró el long play completo con amabilidad y paciencia y hasta se tentó en hacer juego de voces con el ebrio e improvisado barítono. Sin que se considere un sarcasmo podríamos decir que el capitán Vélez fue ascendido a mayor cantando rancheras.


http://lassotanasdesatan.blogspot.com

http://microcuentosson.blogspot.com


JAIME FARIÑA MORALES
ARICA-CHILE